Memorias del IV Coloquio (Cuarta Parte)



Ellas en la lucha por el sufragio en la República Dominicana

Dra. Myrna Herrera Mora


Uno de los acontecimientos del siglo veinte de gran trascendencia histórica en la 
República Dominicana fue el sufragio femenino ejercido oficialmente en las elecciones de 1942. Como sucedió en otros países los antecedentes asociados a este evento sufragista estuvieron vinculados a la educación y el desarrollo del feminismo. Varias líderes contribuyeron a la evolución de la conciencia sufragista dominicana.
Trasfondo
Mientras en otros países aumentaba y se afianzaba la lucha por la reivindicación de los derechos de las mujeres, en  la República Dominicana, también se manifestaron las tendencias emancipadoras.  En el siglo XIX, emergió un grupo de mujeres que abonaron el terreno y sembraron la semilla del feminismo.  Al igual que en otros países, en la República Dominicana el reclamo de igualdad para las mujeres se volcó inicialmente hacia el campo educativo.  Mujeres feministas de la época como María Nicolasa Billini y Socorro Sánchez, se atrevieron a denunciar la necesidad de proveer educación a la mujer: la exigieron a las autoridades. También asumieron su responsabilidad como educadoras, fundando escuelas y realizando innumerables esfuerzos como los de Billini, quien fundó el colegio de niñas El Dominicano, en 1867.  Otra educadora sobresaliente fue Socorro Sánchez, quien fundó dos escuelas para mujeres, una en la ciudad de Santiago y otra en la capital. Además, Sánchez fundó una biblioteca para mujeres.  
El pensamiento y quehacer de estas mujeres fue adquiriendo un espacio en la historia dominicana.  Este espacio, aunque angosto y limitado, fomentó el desarrollo de ideas feministas entre los sectores más educados. Sobre este movimiento emancipador que se manifestó principalmente en el campo educativo a partir de 1860, Marivi Arregui, sicóloga y estudiosa de la mujer dominicana, afirma que hubo mujeres que podemos llamar feministas desde finales del siglo XIX, porque fueron conscientes de la discriminación hacia ellas y adoptaron una posición de lucha.[1] Ginetta Candelario también confirma este quehacer feminista de las mujeres en la
República Dominicana desde finales del siglo XIX y su impacto en las organizaciones del siglo XX.[2] 
Otro suceso significativo en el despertar femenino a finales de la década del setenta, fue la llegada a la República Dominicana del educador puertorriqueño Eugenio María de Hostos y su determinación de incluir en el proceso educativo a la mujer como estudiante y como educadora. Hostos promovió la educación superior de ésta y fomentó el debate sobre su participación y sus capacidades como ciudadana.  Añadiendo riqueza al proceso, en 1881, Hostos, junto a la poeta y educadora Salomé Ureña, fundó el Instituto de Señoritas para ofrecer educación superior a las mujeres. Al fin, en la República Dominicana el conocimiento y la enseñanza comenzaban a ser compartidos por hombres y mujeres de una forma sistemática. El sistema educativo impulsado por Hostos en las últimas décadas del siglo XIX y las ideas y labor de Ureña en el Instituto de Señoritas fueron decisivos para  las expresiones feministas que cuajaron en el siglo XX. De acuerdo con Yolanda Ricardo, el Instituto fue una innegable fragua de futuras feministas que
“constituyó la primera plataforma educativa de importancia institucional en el proceso de la emancipación sociocultural de la mujer dominicana”.[3] 
Al comenzar el siglo XX, el campo de acción de la mujer dominicana se extendió. Algunas mujeres iniciaron estudios universitarios en concentraciones reservadas sólo para hombres, como la medicina y las leyes.  Entre éstas descolló una estudiante huérfana, pobre, negra, inteligente y visionaria: Evangelina Rodríguez.  Sus primeros años de educación los recibió en el Instituto Preparatorio de Señoritas de San Pedro de Macorís, fundado por Anacaona Moscoso, discípula de Ureña y tutora de Evangelina.  En 1912, Evangelina Rodríguez se graduó de Doctora en Medicina y Cirugía con brillantes exámenes y notas sobresalientes.  Fue la primera mujer dominicana que obtenía este título para el ejercicio de la medicina en el país.  Años más tarde fue a París para completar el doctorado en Medicina.  La grandeza de Evangelina no reside sólo en superar todas las limitaciones que le imponía la sociedad por género, raza y condición social.  Su  trayectoria profesional le permitió contribuir a la salud, a la educación y al bienestar de las mujeres y de la organización de sociedades como la Casa de la Maternidad y la Liga Femenina de la Infancia.   
Durante la segunda década del siglo XX, la estabilidad política y social en la República Dominicana se estremece con la invasión de los Estados Unidos (1916-1924).  Esta invasión provocó que representantes del sector femenino se unieran al sentir patriótico y nacionalista de los hombres para rechazar la acción estadounidense. La posición asumida por las mujeres en este momento histórico es crucial para el fortalecimiento del feminismo. Las mujeres se organizaron no sólo para exigir la desocupación militar, sino también para reclamar los derechos que la sociedad les negaba. En esta organización descollaron mujeres como escritoras y oradoras. Además, se creó la Junta Patriótica de Damas y algunas se unieron a los intelectuales que promovían diferentes actividades. Desde la revista Fémina, Petronila Gómez promovió entre los hombres un concurso de bigotes, ridiculizando los rostros lampiños de los invasores. Otra acción importante fue la recaudación de fondos con colectas, rifas y ventas, realizada por mujeres de diferentes estratos sociales. La mujer constituyó un frente antiimperialista y luchó muy activamente por el retorno y la devolución cabal de la soberanía.[4]
Una de las mujeres de mayor dinamismo y audacia fue Ercilia Pepín, quien desde principios de siglo se distinguía por su infatigable quehacer educativo en pro de la mujer dominicana, arguyendo que “la inteligencia no tiene sexo”. El patriotismo y valentía de Pepín se manifiesta abiertamente a través de las conferencias y discursos en diferentes escenarios y en las exhortaciones a sus estudiantes. Ella fomentó en sus discípulas y en el pueblo dominicano el rechazo a la intervención norteamericana.[5] 
Trascendencia de la participación femenina
Al recobrar la soberanía en 1924, el discurso político de las feministas trascendió a la lucha por la reivindicación de los derechos femeninos.   Las noticias sobre los triunfos feministas y sufragistas en diferentes países impulsaron la organización y manifestación de las mujeres dominicanas.  Las diversas intenciones y expresiones de las mujeres en la década del veinte contribuyeron a definir este periodo como esencial en la evolución del feminismo en la República Dominicana.
En el análisis  de las expresiones feministas en la República Dominicana, es necesario destacar la importancia de la publicación de la revista Fémina. Esta revista fue el primer vocero del feminismo dominicano.  Petronila Angélica Gómez, su fundadora, destacó su pertinencia y utilidad para divulgar las aptitudes femeninas en diferentes campos, al afirmar que “se necesitaba el órgano que estimulando la voluntad de nuestra noble y patriota mujer dijera a los cuatro vientos hasta dónde llegaban su capacidad intelectiva… Y surgió Fémina en San Pedro de Macorís”.[6] La revista tuvo como propósito principal ofrecer a la mujer intelectual la oportunidad de expresarse públicamente.  Fue una especie de manual cívico que necesitaba la mujer para desempeñar efectivamente la educación de su familia.  Sus páginas  se ofrecieron para ser leídas por las mujeres de la élite dominicana que querían contribuir con sus ideas a la educación en los hogares. Algunos  intelectuales apoyaron la revista y publicaron en ésta.  Llama la atención que  fue un vocero feminista consagrado y reservado para la intelectualidad dominicana y las mujeres educadas, ajeno a las expresiones de la mayor parte de la población femenina como las obreras y las amas de casa sin escolaridad. Estas mujeres no estaban incluidas en el discurso feminista del momento. 
Las feministas también pretendían emular lo que sucedía en el exterior. Por ejemplo, al finalizar la Primera Guerra Mundial dos naciones dominantes reconocieron el sufragio femenino: Gran Bretaña en 1918 y Estados Unidos en 1920. No sólo era la realidad de estos países, sino que en la antesala a la Primera Guerra Mundial el sufragismo se había extendido prácticamente por todos los continentes y en algunos las mujeres ya gozaban de la franquicia electoral: Nueva Zelanda, (1893), Finlandia (1906), Noruega (1907), Islandia y Dinamarca (1914). Otros países en el período de las entreguerras también lo asumieron: Alemania y Polonia (1918), Holanda, Luxemburgo, Checoslovaquia y Suecia (1919); Canadá, Austria y Bélgica (1920); Ecuador
(1929); África del Sur y Grecia (1930); Portugal (1931); Uruguay (1932); Cuba (1933); y Brasil (1934). En Puerto Rico se otorgó el voto para la mujer alfabetizada en 1929 y el sufragio para todas las mayores de veintiún años instruidas o no en 1935.[7] 
Por otro lado, para 1925, Petronila Gómez fundadora de Fémina fue designada presidenta del comité dominicano de la Liga Internacional de Mujeres Ibéricas e Hispanoamericanas.  Esta organización tenía su sede en España y su secretaría general en Nueva York.  En su membresía había representación de diferentes países americanos.  Esta distinción fue un reconocimiento a la ardua y fructífera labor de Petronila en la organización y en el fomento del feminismo en la República Dominicana.  De esta forma se estrechaban los lazos con una organización internacional y aumentaba el intercambio de ideas y actividades con feministas de diferentes países como México, Chile, Estados Unidos, España y Brasil.[8]  
Otro acontecimiento fortaleció la lucha feminista: la llegada de Abigail Mejía al país, procedente de España.  De hecho, su llegada entusiasmó a las líderes, ya que por ser dominicana y compañera de estudios conocían de su capacidad intelectual y de su solidaridad con las ideas feministas que predominaban en Europa.  Inicialmente, la invitaron a dictar conferencias, luego le propusieron que asumiera las riendas del Comité Feminista fundado en mayo de 1925, tarea que aceptó. La llegada de Abigaíl Mejía propició la reunificación del movimiento y una amplia proyección de los ideales feministas, desde la perspectiva de las mujeres educadas.  Al regresar a la República Dominicana, trajo consigo firmes ideas reivindicadoras y el entusiasmo necesario para reactivar a las feministas del país.  Mejía sostenía que: “la mujer ha actuado hasta donde el hombre le ha permitido, ha sido reina, santa, heroína, artista, sabia, madre, mujer y  muñeca, entonces: ¿Cómo no va a estar PREPARADA para votar y hasta para no HACER NADA, como se HACE muchas veces en el Congreso?”[9]
Su definición de feminismo, contrario a la de Petronila Gómez, fue abarcadora y revolucionaria.  Denunció el modelo patriarcal y reclamó para la mujer los mismos derechos que siempre ha tenido el hombre. Para Mejía, el feminismo era reivindicación y liberación de la mujer de los esquemas sociales y jurídicos.  Opinaba que, las mujeres no solicitaban un favor o un regalo.  Las mujeres estaban exigiendo el lugar que les correspondía en igualdad de condiciones junto a los hombres.  Según ella, se acabó el tiempo de las excusas y la retórica, definitivamente “una pide lo suyo… nada más”.[10]  Abigaíl urge que se abandonen los viejos patrones sociales androcéntricos que mantuvo el discurso feminista para asumir el deber y riesgo de obtener la igualdad; las dudas no tienen lugar.  Su discurso manifestaba las demandas del feminismo radical que exigía la igualdad jurídica y el derecho  al sufragio y que había sacudido algunas sociedades europeas y americanas.
Las ideas y actuaciones de Abigaíl Mejía transformaron la campaña feminista. La primera gestión de Abigaíl fue convertir el Comité Feminista en una sociedad femenina que sus miembras denominaron Club Nosotras o Sociedad Femenina de Cultura General: Letras, Artes y Ciencias. En los estatutos del Club establecieron que sus integrantes serán todas mujeres y que su lema será “Unión y Perseverancia”.  Añadieron el objetivo de esta asociación: “Despertar el espíritu de solidaridad femenina; propender al mejoramiento de todas y crear un ambiente favorable a todas las manifestaciones de la cultura. En esta reunión se discutió la dinámica vanguardista de la nueva organización; sin embargo, se eludió asumir posiciones radicales como lo propuso Mejía.  Se indica que “hubo un cambio de impresiones y la escritora Abigaíl Mejía expuso un esbozo de planes para la constitución del Club, del cual fueron unas partes aceptadas y otras no por lo avanzada de sus ideas para el medio en el cual vivimos”.[11]  A pesar de este tibio inicio enmarcado en el fin cultural y apolítico de las integrantes del Club, entre algunas de estas mujeres se fue gestando una nueva actitud hacia la emancipación femenina y nuevas formas de lucha feminista en la República Dominicana. 
Meses más tarde, una sección de las integrantes del Club Nosotras, capitaneada por Abigaíl Mejía, lanzó un revolucionario manifiesto a las mujeres del país.  Como fruto de esta acción radical, se creó la Junta de Acción Feminista Dominicana, (AFD).  Así el sector liberal del Club Nosotras, dirigido por Abigail Mejía, asumió una posición aparentemente radical con la creación de la Acción Feminista Dominicana al proclamar “la reinvindicación de los derechos femeniles, pedir leyes nuevas que protejan los trabajos de las obreras, de las maestras, de las mujeres que trabajan en general”.[12]  Sin embargo,  protegiéndose de las críticas, las feministas declararon que “en lugar de combatir al hombre, pretendían ayudarle en su mejoramiento social e
individual”, y aclararon sobre el sufragio:
En último término, como fin de nuestras aspiraciones, estará el derecho al voto; no tenemos ninguna prisa a este respecto: sabemos que a veces es máxima sabia sentarse a la sombra de un árbol de camino…y esperar…cuando la ocasión pase, nos juntaremos a ella activamente…[13]
El manifiesto pretendía entusiasmar a las mujeres de todas las provincias, a las profesionales, a las madres, incluía “a las contribuyentes al erario y no contribuyentes en la redacción de las leyes, y a las pobres obreras”.14  La riqueza de este manifiesto estribó no sólo en incluir a todas las mujeres, sino en exigir el espacio y la igualdad de derechos para ellas por su condición de seres humanos e integrar la otra cara de la sociedad que muchos hombres mantuvieron oculta o no estaban dispuestos a reconocer. Hasta este momento la trayectoria del feminismo dominicano continuaba definiéndose  y lentamente se robustecía, incluyendo a las obreras, las pobres, las analfabetas, a todas en general. 
Feministas, sufragistas y trujillistas
La década del treinta en la República Dominicana presentó una encrucijada para el feminismo.  Mientras estas mujeres reorganizaron sus fuerzas y redefinieron sus objetivos, comenzó  un cambio en el gobierno del país que tendría grandes repercusiones en el movimiento feminista y en su itinerario.  Nuevamente la situación política afectó la proyección de las líderes feministas.  Para 1930, la presidencia del país fue ocupada por Rafael Leonidas Trujillo, quien controló el gobierno durante treintiún años.  Trujillo fue astuto y sutil con las líderes feministas; asumió posiciones que le produjeron resultados favorables para sus intenciones como gobernante y dictador. 
En 1932, la Acción Feminista Dominicana decidió celebrar su aniversario convocando a la primera asamblea feminista del país con representación de todas las provincias.  En la asamblea se trazó un plan de trabajo que pretendía luchar contra el analfabetismo, mejorar las condiciones de empleo, representar a las mujeres en litigios judiciales, fortalecer la familia y combatir el alcoholismo, la prostitución y las drogas.  A la vez, en un discurso en el Ateneo Dominicano, Rafael Leonidas Trujillo elogió el desempeño de la mujer dominicana en las artes y las ciencias y se autodescribió como seguidor y fanático del movimiento cultural desplegado por
ellas. [14]
Muy sagazmente Trujillo hizo esas observaciones y propuso la posibilidad de reconocer unos derechos para las mujeres, sin profundizar en los detalles o la forma en que cumpliría su compromiso.  Las promesas y alusiones de Trujillo entusiasmaron a la Acción Feminista Dominicana.  A partir de este momento, los trabajos de la AFD se intensificaron. La organización se propuso dos metas:   concienciar sobre los derechos civiles y políticos que reclamaba, y convencer sobre la necesidad y conveniencia de que las mujeres respaldaran la posición de apoyo a la reelección del presidente. La AFD participó activamente en la campaña política de Trujillo y su gente.
 Por primera vez en la historia dominicana, una organización feminista asumía la tribuna para favorecer a un líder. Las mujeres nutrieron y reforzaron la campaña reeleccionista realizada por los hombres.   Antes de finalizar el año, el presidente propuso al Congreso el voto para la mujer a manera de ensayo en las elecciones del año siguiente, pero sin validez constitucional. Mediante la aprobación del decreto Núm. 858, las mujeres dominicanas mayores de 18 años participaron de las urnas, en las elecciones de 1934. La AFD tuvo a su cargo la campaña y organización de este simulacro sufragista. En las urnas las mujeres recibieron una boleta que les consultaba sobre si favorecían o rechazaban que fuera reformada la constitución del estado “en el sentido de otorgarles el derecho de elegir y de ser elegidas”.[15] Se contabilizaron 96,427 mujeres
votantes que favorecieron la reforma a la constitución.  
Para las elecciones de 1938, en la ciudad de Santiago de los Caballeros, se constituyó el Comité Nacional Femenino, Pro Voto Electoral Trujillo. Esta iniciativa se reprodujo en todas las provincias. En la campaña se invitaba a la mujer a participar del sufragio simbólico de las próximas elecciones y a continuar solicitando al presidente que siguiera guiando los destinos nacionales.  En estas elecciones, 344,909 mujeres fueron a las urnas a depositar su voto a favor de que se enmendara la constitución. En noviembre de 1940, a través de una Comisión de Damas, Trujillo envió un mensaje a las Cámaras Legislativas con un proyecto de ley para solicitar los derechos civiles para la mujer dominicana. El Senado aprobó el proyecto aboliendo el código napoleónico instituido en el siglo XIX. Este nuevo Código Civil reconoció que la mujer mayor de edad, soltera o casada, tenía los mismos derechos civiles que el hombre.  
Por otro lado, el periódico La Nación, a finales de 1940, publicó con el respaldo de Trujillo, una encuesta para conocer la opinión de sus lectores sobre el asunto del sufragio femenino. Preguntaba si se consideraba necesaria una reforma a la constitución para incluir el voto de  la mujer,  si ella estaba preparada para ejercerlo y si era oportuno el momento de las elecciones de 1942. También pedía los fundamentos para sostener la opinión. Hombres y mujeres de todo el país participaron de la encuesta. Éstos en su mayoría afirmaron su deseo de que se extendiera el voto a la mujer y proveyeron un motivo adicional para que el gobierno actuara sobre el asunto.[16]   
El 5 de junio de 1941, Trujillo dirigió un manifiesto a la mujer dominicana, anunciándole un proyecto de reforma a la constitución para reconocer su derecho al voto y hacer posible el sufragio en las elecciones de 1942. En el manifiesto destacó la importancia del voto y el buen uso que le daría la mujer, los beneficios que adquirirían la familia y la patria con los nuevos aportes de ésta en la administración del país.[17]
El sufragio femenino se aprobó mediante una enmienda que propuso el presidente al artículo nueve de la constitución. Éste reconoció que: “Son ciudadanos todos los dominicanos de uno u otro sexo, mayores de dieciocho años, y los que sean o hubieren sido casados aunque no hayan cumplido esa edad”.[18]  En las elecciones de 1942, las mujeres en la República Dominicana ejercieron oficialmente, y  por primera vez con validez constitucional, el derecho al voto. Por recomendaciones de Trujillo, en estas elecciones se escogieron las primeras mujeres que participaron de la legislatura:   Isabel Mayer, la primera senadora, Josefa Sánchez de González y la licenciada Milady Félix de L’Official, las primeras diputadas.  
Conclusión
 La lucha por el sufragio femenino en la República Dominicana se alimentó con las oportunidades educativas que obtuvieron las mujeres desde las últimas décadas del siglo XIX y que sus frutos se manifestaron principalmente en las primeras décadas del siglo XX. Las maestras, las licenciadas y otras profesionales asumieron las ideas feministas que circulaban en los ambientes internacionales y entre los/as intelectuales de República Dominicana. A la vez, la participación política en la lucha por la independencia y luego contra la intervención estadounidense fue creando un espacio para las mujeres fuera del ambiente doméstico y cotidiano. En la década del veinte las expresiones de las feministas se fortalecieron con la fundación de asociaciones o clubes culturales y la publicación de revistas. La madurez del feminismo conllevó la lucha por el sufragio para las dominicanas, derecho que era reconocido en muchos países. El inicio de la dictadura trujillista en 1930 y las intenciones del gobernante de controlar todas las esferas de poder contribuyó a considerar los beneficios de concederles el derecho al voto. El respaldo que ofreció Rafael Leonidas Trujillo a los reclamos de la Acción Feminista Dominicana promovió un movimiento feminista y sufragista nacional que se reflejó en los simulacros de las elecciones de 1934 y 1938 hasta consumarse el voto oficial para las elecciones de 1942. Incluso, la asociación feminista y sufragista perdió su esencia por los vínculos desarrollados con la dictadura desde el comienzo de los simulacros electorales. Aunque se enmendó la constitución y se reconoció el derecho al voto para las mujeres, muchas líderes se vieron precisadas a respaldar la dictadura que reprimió la participación democrática en la República Dominicana por más de treinta años.  
Referencias
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Una breve historia de Puerto Rico desde una mirada feminista
Dra. Sarah V. Platt

Resumen

La historia de Puerto Rico desde su origen precolombino en el siglo XV y la influencia de los africanos introducidos como esclavos durante esta época, hasta llegar a la invasión norteamericana a finales del siglo XIX- ha creado un contexto interesante desde el punto de vista socio-histórico para investigar el rol de las mujeres en todo este proceso. El presente artículo investigará cómo las mujeres han participado y continúan asumiendo un rol activo en diferentes aspectos de la sociedad puertorriqueña. Por medio de un recorrido socio-histórico se aportarán momentos claves en las que las mujeres reivindicaron su derecho al trabajo justo, a la educación, al sufragio, al divorcio y a la igualdad de género para, de esta manera, intentar reconstruir la historia de la isla desde una perspectiva menos divulgada. A pesar de que aún queda mucho camino por recorrer en la lucha por la igualdad de género, la historia aporta evidencia de que incluso desde el siglo XV hasta la actualidad, las mujeres puertorriqueñas han asumido un rol fundamental no sólo en la esfera privada, sino también como líderes políticas y luchadoras del movimiento feminista, logrando de esta manera la adquisición de muchos de los derechos que hoy en día poseemos.  Palabras clave: historia, Puerto Rico, estudios de género, feminismo


Primera historia de las mujeres en Puerto Rico: las taínas

A diferencia de la mayoría de grupos femeninos de la era precolombina, las taínas desempeñaban una importante función en su sociedad y algunas incluso, ocupaban posiciones privilegiadas de poder. Asimismo, eran responsables de transmitir su linaje cultural, ya que su sociedad era de carácter matrilineal. En Puerto Rico existieron varias cacicas[1] (Yuisa, Guayerbas, Catalina), mientras que en Europa las mujeres se consideraban ciudadanas de segunda clase destinadas al trabajo doméstico y la nula participación fuera del enclave doméstico. Las taínas, desde luego, participaban en todo tipo de tarea, incluso luchaban en los conflictos bélicos con otras tribus. También tomaban parte en rituales y ceremonias religiosas, producían artesanías, eran agricultoras y se ocupaban del hogar y de la crianza de sus hijos. En la religión de esta etnia fueron representadas varias deidades femeninas y también en la literatura puertorriqueña ha quedado plasmada la presencia de la mujer taína. Son numerosas las historias de amoríos entre indígenas y colonizadores españoles y de las taínas que junto a sus maridos, lucharon por defender el suelo de su tierra de los invasores que los esclavizaron y eventualmente exterminaron por completo[2].

Invasión española (1492)

El cambio del régimen socio-político que trajo consigo el nuevo orden colonizador impuso nuevos modelos que afectaron a la población indígena, pero sobre todo a la mujer. En los primeros años de colonización, la ausencia de mujeres europeas favoreció la mezcla del español con la taína y con la africana, en relaciones regidas, en su mayoría, por el abuso de poder de parte del colonizador. Pocas españolas fueron traídas a la Isla en el siglo XVI, con excepción de algunas mujeres de importantes funcionarios militares. Muchas mujeres españolas que arribaron a la Isla posteriormente, también enfrentaron abusos por parte de sus maridos. Su participación en la sociedad era mínima, aparte de ocuparse de las tareas agrícolas y del hogar. Tampoco tenían acceso a la vida política, ni a la educación. 
La Isla fue eventualmente poblándose de hombres y mujeres africanas de la costa occidental del continente que fueron introducidos en el siglo XVIII como esclavos. La mayoría de las mujeres esclavas tenían a cargo las tareas agrícolas y del hogar. Estudios revelan que muchas de ellas amamantaban a los hijos de sus colonos y fueron víctimas de abuso sexual por sus dueños. Eventualmente, y con el paso de los años, afortunadamente algunas de estas mujeres lograron comprar su independencia y la de sus hijos, y consiguieron empleos asalariados como vendedoras ambulantes. 

Educación (siglo XVI-XIX)

Las escuelas, durante la época de la colonia española, escaseaban. Las hijas de familias pudientes solían ser educadas en casa por sus madres o maestras privadas. Se les enseñaba a leer y escribir, también aritmética, religión y labores de costura, tejido y bordado, entre otros oficios. Las escuelas públicas que existían en la isla estaban divididas por sexo y por lo tanto, las asignaturas que se impartían, también lo eran. Más tarde a las mujeres se les enseñaba materias como la astronomía, matemática, derecho, medicina, filosofía y teología, aunque prevalecía una idea general en cuanto a la prohibición de la educación femenina. Eventualmente algunas mujeres ocuparon oficios que fueron más que nada una extensión de las tareas del hogar. A finales del siglo XIX algunas de las primeras profesiones destinadas a la mujer fueron la educación y la enfermería y estudiar estas carreras equivalía a una oportunidad para salir de casa y obtener un trabajo asalariado. Sin embargo, en términos de educación superior, no fue hasta 1903 que se fundó la Universidad de Puerto Rico. 
Una de las pioneras feministas para esta época lo fue Ana Roqué (1853-1933), astrónoma, periodista, maestra y escritora. Su participación activa en la sociedad machista puertorriqueña del siglo XIX se consumó con la publicación del primer periódico femenino La mujer, en 1893. Como líder sufragista su participación en el periodismo llegó a tal escala que hasta compró su propia imprenta y llegó a operarla junto a otras mujeres para difundir publicaciones feministas a favor del derecho al voto de la mujer. 

Invasión norteamericana en 1898

La invasión norteamericana trajo consigo muchos cambios económicos, sociales y políticos que también afectaron la posición de la mujer dentro de la sociedad y su imagen social y de trabajo. En primer lugar se adoptó un modelo capitalista en la Isla, lo que produjo que la familia dejara de servir como unidad de producción. Este hecho subrayó la inferioridad presente de la mujer por ser subordinada al hombre y por tener acceso limitado al mercado de empleos. 
No obstante, el feminismo del siglo IX acentuó su participación colectiva, sobre todo en los sectores de clase media y alta y en periódicos y revistas dedicados al tema de la mujer. Se considera que no fue hasta que se produjo la invasión norteamericana que el movimiento feminista en Puerto Rico se consolidó. La ideología predominante entre los grupos y organizaciones feministas de la época consideraba que el estatus colonial de la Isla era uno de los principales obstáculos en la lucha por la igualdad de derechos. La población femenina no fue la única en apoyar esta convicción.
Como parte del desarrollo industrial que se llevó a cabo en la Isla a principios del siglo XX se establecieron industrias tabacaleras y azucareras norteamericanas, un hecho que convirtió a la mujer en una importante fuerza de trabajo, en calidad de trabajadoras asalariadas.  Junto con este cambio surgen otros que transforman a muchas mujeres en despalilladoras, enfermeras, maestras, entre otros oficios. Sin embargo, al verse discriminadas en cuanto a su salario, la falta de participación en puestos directivos y la ausencia del derecho al voto, las agrupaciones mantuvieron la convicción de que solo a través de la lucha organizada podían reclamar estos derechos. 

Sufragio y otros derechos adquiridos

La visión feminista puertorriqueña de esta época se vio fuertemente influenciada por las luchas de mujeres europeas y norteamericanas y tal vez por esto fueron capaces de obtener ciertas victorias. Una de las más significativas fue la iniciativa de un grupo de mujeres que promovió que en 1908 el escritor y legislador Nemesio Canales presentara el primer proyecto de ley en el que se concede el derecho de voto y la emancipación legal de las mujeres en Puerto Rico. Sin embargo, la lucha por el sufragio perduró varios años más ya que al principio el derecho solo fue otorgado a mujeres alfabetas mayores de 21 años (1929). El sufragio universal por fin fue concedido en 1936, convirtiendo a Puerto Rico en uno de los primeros países de América en conceder este derecho a la población femenina.
Otro de los cambios que trajo consigo la invasión norteamericana a Puerto Rico fue la legalidad del divorcio. En la década del setenta también se legalizó la causal de consentimiento mutuo en el divorcio, hecho que marcó una victoria para el movimiento feminista puertorriqueño. Varias líderes feministas cobran auge en esta época. Entre ellas, Luisa Capetillo (1879-1922), quien escribe y publica la primera tesis feminista en Puerto Rico en 1911. En sus páginas exige la emancipación de este colectivo y argumenta que igual que el hombre, la mujer es capaz de ejercer y ocupar todas las funciones dentro de la sociedad. Capetillo luchó además por la educación libre para las niñas.
La relación política de la Isla con los Estados Unidos influenció significativamente el movimiento feminista en Puerto Rico. La prolongación del derecho al voto universal femenino fue una de las más grandes decepciones sufridas a raíz de la situación política de la colonia. Asimismo, las desigualdades de género aún prevalecían, junto con otras problemáticas sociales como el éxodo del campo a las ciudades, la concentración poblacional en arrabales, la emigración a los Estados Unidos, entre otros.

Presencia femenina en la política (1940´s-1950´s)

  En la década del  40 se decía oficialmente que el desempleo era el problema más crítico de la Isla por su naturaleza estacional. Durante toda la década del 40, la agricultura seguía siendo la actividad económica que más contribuía a los ingresos de Puerto Rico, aunque en los años venideros continuaría mermando su importancia.
A raíz de la inconformidad por la situación política con los Estados Unidos fueron varios los partidos políticos que se formaron y disolvieron durante este tiempo, muchos de los cuales ofrecían participación a mujeres. El Partido Nacionalista[3] fue uno de ellos que atrajo la atención y participación de mujeres, entre ellas la educadora y periodista, Blanca Canales (1906-1996). Lolita
Lebrón (1919-2010) fue otra de las pioneras en el movimiento nacionalista e independentista en la Isla, quien por su participación armada en el Partido cumplió una condena de 25 años en la cárcel por atacar el Congreso de los Estados Unidos en 1954[4]. Su lema en la lucha política femenina era: “Si los hombres no logran la independencia, lo logrará la mujer”[5].
El Partido Socialista Obrero[6] y el Partido Unión Republicana[7]  aunque promovían una ideología contraria en cuanto al estatus colonial de la Isla, fueron otra de las coaliciones que promovieron la participación femenina, sobre todo en la lucha por la igualdad de derechos en el trabajo. El Partido Liberal[8], que propulsaba la independencia y el autonomismo de la colonia, incluso llegó a ser liderado por mujeres. Desde luego se puede observar un patrón entre la participación femenina y la política puertorriqueña y es que las mujeres que participaban en la misma, en su mayoría abogaban firmemente por la independencia de la Isla. 
En los años cuarenta, el Partido Popular Democrático (PPD), llevó a cabo una campaña casa por casa en la que las mujeres eran motivadas a inscribirse para votar. Felisa Rincón (18971994), una costurera y activista política fue una de las líderes quien llevó de la mano a decenas de mujeres a la mesa de inscripción electoral. Como parte de sus campañas para socorrer a la población femenina se incluyó el derecho de control de reproducción, el mejoramiento de salud pública, el acceso masivo a las escuelas y al trabajo. A raíz de estas enmiendas la mujer puertorriqueña logró salir del hogar y obtener cierta independencia económica. Además, se fundaron escuelas vocacionales y las universidades abrieron sus puertas a esta población, ofreciéndoles la posibilidad de cursar carreras como maestras, trabajadoras sociales, enfermeras, secretarias, oficinistas y administradoras. 

Segunda ola de feminismo (1960´s - 80´s)

La década de los sesenta se caracterizó por aires revolucionarios, no solo en cuanto al movimiento feminista en Puerto Rico, sino también en todo el mundo. En 1969 el movimiento feminista inició su organización y comenzó a hacer eco en los medios de comunicación. Exigían reformas y participación democrática, entre otras cosas. Se establecen durante estos años importantes grupos feministas y las líderes de estos movimientos y asociaciones procuraron vincular la situación femenina en Puerto Rico con el movimiento femenino en otros países, una decisión que demostró lograr mayor representación e inclusión para la Isla en el ámbito internacional. 

La década de la mujer (1990´s)

En términos de política electoral, la década de los noventa fue la década de la mujer en Puerto Rico. En el año 1992, Victoria Muñoz Mendoza se convirtió en la primera mujer a postularse a la gobernación de la Isla. En 1993, la Cámara de Representantes elige la primera presidenta en propiedad de ese cuerpo, Zaida Hernández, mientras que en el Senado, la vicepresidencia la ocupa Luisa Lebrón en 1995. Cuatro años más tarde se postuló la primera mujer al puesto de Comisionado Residente (Celeste Benítez). Asimismo, por primera vez en la historia tres mujeres (Marta Font de Calero, Zaida Hernández y Sila M. Calderón) compitieron por la alcaldía de San Juan. Aunque las mujeres en la historia de Puerto Rico han participado de diferentes modos en la esfera pública, el auge de su movilización política surge en el siglo XX con su incorporación a la vida pública y el proceso político como electoras y representantes de diversas ideologías. 
¿Cuál es la situación actual?
Al finalizar el siglo XX, las mujeres alcanzaron la cumbre de su  participación política con la elección de Sila María Calderón como primera mujer gobernadora (2001-2005). Asimismo, quince legisladoras, dos alcaldesas y 311 legisladoras municipales fueron electas, ocupando un
26.4% de las posiciones políticas del país, cifra sin precedentes hasta entonces (Acevedo Gaud,
2013: 3). A nivel administrativo, bajo el gobierno de la primera gobernadora en la historia de la Isla, se crea la Oficina de la Procuradora de las Mujeres con el fin principal de fiscalizar la implantación y el cumplimiento de la política pública y las leyes vigentes para la protección del grupo social mayoritario en el país. La creación de este organismo fue posiblemente uno de logros más significativos para las mujeres durante esta época, ya que el discrimen y la violencia contra este colectivo constituye un problema serio en la Isla.
Actualmente es creciente en la Isla otra gran problemática relacionada a la desigualdad en términos de proporción de género. Los censos poblacionales más recientes indican que por cada hombre puertorriqueño, existen nueve mujeres en la Isla. A raíz de este desequilibrio se le ha considerado a Puerto Rico como la Isla de las Solteras. Muchas mujeres solteras adoptan la postura, que, sabiendo que los hombres escasean, se conforman con relaciones que no les convienen o que de alguna manera son abusivas. Muchas mujeres sienten presión por parte de sus familias para convertirse en madre y los estereotipos que existen en la sociedad, por lo general, perciben a la mujer soltera mayor de treinta años como una rareza. 
Llevamos décadas con la custodia mono parental materna, o sea, con el divorcio. La única responsabilidad de un hombre es la pensión y (cuidar a los hijos) dos fines de semana al mes. Todo lo demás le toca a la mujer (…) hemos creado la idea de que la mujer tiene más responsabilidad que el hombre frente al matrimonio y la familia[9].


Ahora, en el siglo XXI, a pesar de haber logrado un sinfín de derechos y mejoras en muchos sectores de la vida pública, la mujer continúa siendo víctima de patrones machistas, sobre todo con relación a la familia.   Por esta y muchas otras razones la lucha femenina puertorriqueña ha mostrado que aún existe una gran necesidad por perdurar y un gran camino por recorrer.

Conclusiones

La primera historia femenina puertorriqueña tuvo como protagonista a la mujer taína que habitó en la Isla antes de la invasión de los colonizadores y simboliza una figura femenina vanguardista. En la sociedad matriarcal taína las mujeres ocupaban puestos políticos, religiosos y sociales de importancia, contrario a las mujeres españolas por ejemplo, quienes eran consideradas ciudadanas de segunda clase. Posterior a la invasión española, se introdujo en la Isla a la mujer africana traída como esclava a la colonia y luego a la española, muchas quienes sufrieron abuso por parte de sus maridos o propietarios. 
Una vez Puerto Rico pasa a manos de los Estados Unidos surge una gran transformación socio-económica en la Isla, una transición que influenciará el movimiento femenino, que comienza a exigir derechos iguales en el ámbito laboral y político. Los esfuerzos de la primera ola feminista recoge sus frutos con la concesión del sufragio universal de la mujer en 1932, un evento que marcó una importante hito en la historia femenina de la Isla, por ser uno de los primeros países en América en conceder este derecho. Muchas mujeres se convirtieron en activistas políticas, apoyando sobre todo los ideales de soberanía e independencia para Puerto Rico. A principios del siglo XXI la participación femenina en la política alcanza una cumbre al ser electa la primera gobernadora en la historia de la Isla, Sila M. Calderón. No obstante, a pesar de que la representación política femenina aumenta, este colectivo continúa siendo discriminado y la lucha por la igualdad de derechos no ha cesado.
Actualmente se calcula una enorme desigualdad de proporción entre el número de hombres y mujeres. Esto ha generado un desequilibrio en torno a la unidad familia, el aumento en divorcios y una gran frustración por parte de muchas mujeres quienes se enfrentan con presión familiar, social y por parte de ellas mismas para ser madres o tener a un hombre a su lado.
 

Bibliografía


Acevedo Gaud, L. (2013). “Las mujeres entre siglos: participación y representación        política en Puerto Rico”. Río Piedras: Diálogo.

Azize, Y. (1987). La mujer en Puerto Rico. Ensayos de investigación. Río Piedras:  Ediciones  Huracán. 

Muñoz Vázquez, M. (1984). “La experiencia del divorcio desde la perspectiva de un      grupo de mujeres puertorriqueñas”.  La mujer en Puerto Rico. Ensayos de    investigación. Río Piedras: Ediciones Huracán. 

Rivera Lassén, A.I. & Crespo Kebler, E. (2001). Documentos del feminismo en Puerto    Rico. Facsímiles de la historia. Río Piedras: Editorial de la Universidad de Puerto        Rico. Recuperado de: 
http://humanidades.uprrp.edu/smjeg/reserva/Estudios%20Interdiciplinarios/esin4 066/Prof%20Eva%20Prado/Documentos%20del%20feminismo%20en%20Puerto %20Rico.pdf (febrero de 2013).

Román, O. (2012). “Puerto Rico: la isla de las solteras”. Periódico Primera Hora.
                            Guaynabo, PR.

Valle Ferrer, N. (2006). Las mujeres en  Puerto Rico. Cuaderno de Cultura Número 13.              Instituto de Cultura Puertorriqueña.

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